Carlos Gamerro
Novelas y cuentos

El sueño del señor juez

Norma, 2000; La página, 2005; Veintisiete letras, 2008; Edhasa, 2016.

Nota de contratapa:

Una mañana don Urbano Pedernera, el juez de paz, manda arrestar a Rosendo Villalba por una ofensa que éste ha cometido en un sueño suyo. Rosendo es sólo el primero: uno a uno los habitantes de Malihuel descubrirán que poco significa su comportamiento diurno: que su salvación, o condena, depende de cómo se porten, cada noche, en el sueño del señor juez. ¿Cómo escapar, cuando uno está atrapado en la pesadilla de otro?
La pampa y los gauchos, la autoridad y el desacato, la audacia y la cobardía son algunos de los temas de esta novela; otro es el umbral común de la realidad y el sueño, esa impredecible mezcla que permite infinitos desenlaces de los cuales el relato puede seleccionar unos pocos.
Con una ironía que nos deja observar a los personajes en una perspectiva a la vez risueña y combativa, Carlos Gamerro compone una ficción inquietante, en donde las complejidades de dos mundos – el real y el onírico – se las arreglan para persuadirnos de que una novela es la mejor descripción de esa confluencia y el mejor antídoto contra la historia entendida como un desfile marcial de actos heroicos. Con una irreverencia y un desenfado que sólo admite como válidas las lecciones de la mejor tradición literaria – de Calderón y Shakespeare a Borges y Calvino -, el autor de
Las Islas (en donde Malihuel hace su primera aparición) recupera el compromiso político de la novela sin imponer presupuestos falsos, sin recurrir a analogías obvias ni a sermones teóricos. Sin, sobre todo, abjurar de la imaginación y el delirio para contar cómo ocurre lo que pudo haber pasado. A fin de cuentas, de eso trata. "Nuestras responsabilidades empiezan en los sueños", escribió W.B. Yeats.

Algunas reseñas de
El sueño del señor juez:

Carlos Gamerro y la experiencia argentina como pesadilla.


Sueño y realidad en una gran novela.
En su nueva novela "El sueño del señor juez" Carlos Gamerro propone una experiencia literaria muy interesante, en la que el soñar adquiere un sentido político.
En el panorama de la nueva narrativa argentina, Carlos Gamerro (Buenos Aires, 1962) ocupa un lugar cada vez más importante. En 1998 publicó una extensa novela,
Las Islas (Ediciones Simurg), protagonizada por un hacker ex combatiente de la Guerra de Malvinas, Felipe Félix, quien se ve mezclado en una intriga siniestra. Recientemente, ha sumado a su producción otra novela: El sueño del señor juez (Editorial Sudamericana), que en principio puede ser leída a partir de Las Islas.
Lo primero que se percibe son los contrastes, las grandes diferencias entre ambas novelas, pero con el avance de la lectura aparecen las vinculaciones. Uno de los puntos de contacto es Malihuel. En
Las Islas, Malihuel es el pueblo de la infancia de Felipe y Gloria, y allí se relata el fin de la población bajo las aguas: "Se lo tragó la laguna – explica Gloria -. No queda nada, apenas algunas casas sueltas a las que se llega en bote (...) Malihuel no existe más" (página 371). En El sueño del señor juez, por el contrario, se cuenta la fundación de Malihuel, los orígenes, el momento en que se constituye, en el que aun es inconcebible la nostalgia del pueblo. Pero hay otra relación, no menos evidente: la de la representación de la realidad como un orbe infernal. En Las Islas el infierno radica en el sentimiento de terror, y el tema aparece ya instalado en el epígrafe de Italo Calvino ( Las ciudades invisibles) con que se abre la novela. En El sueño del señor juez el infierno asume múltiples encarnaciones: en la Primera Parte, el infierno es vivir en la pesadilla de otro; en la Segunda, vivir en una realidad - pesadilla (la frontera, el desierto); en la Tercera, vivir en la propia pesadilla. La novela de Gamerro transcurre inicialmente en 1877 y el infierno que articula las tres partes del libro se relaciona con un texto fundador, el Martín Fierro de José Hernández, donde la realidad también tiene una consistencia insoportable: "Infierno por infierno / prefiero el de la frontera", afirma el gaucho antes de salir en busca de las tolderías para escapar de las reglas de la "civilización".
Por extensión ,
Las Islas y El sueño del señor juez definen el infierno como una de las formas de la experiencia histórica y mítica de la Argentina.
Y si el mundo es pesadillesco, en consecuencia la naturaleza de lo real es el sueño, pero el mal sueño. Gamerro abre su segunda novela con la historia de un juez, Urbano Pedernera, el fundador de Malihuel, que altera la realidad – la vida del pueblo – con los datos que provienen de sus sueños. El texto expone múltiples definiciones de la actividad de soñar. "Las tierras del sueño son tan ilimitadas que si un hombre al trote se largara por ellas no le alcanzarían todas las noches de una vida para cruzarlas" explica el viejo Santoro a Rosendo Villalba. El sueño alcanza un estatuto metafísico – aunque con un matiz evidentemente paródico -, cuando Santoro afirma que "si el juez nos sueña es para que podamos ser libres" (página 43). Pero el sueño tiene también un doble sentido político: altera la vida pública y adquiere la dimensión de la utopía, del ideal. "Este pueblo es mi sueño más preciado". Y es imposible – se trata de Carlos Gamerro – no conectar este texto con Joyce: "La historia es una pesadilla de la que quiero despertarme".
Sin embargo, el despertar no significa escaparse. La flor de cardo aparece en la mano del juez Pedernera y quedará fijada en su estatua. En
El sueño del señor juez, los límites del mundo son los límites del sueño. El procedimiento principal de esta segunda novela de Gamerro radica en cruzar nuestra literatura bárbara (la gauchesca, el folletín, la novela rural) con la poética culta europea del romanticismo. El libro combina el tópico romántico del sueño como universo ontológico, con la brutalidad de un pueblo bárbaro, pobre, casi animal, primitivo. Una mezcla de La muerta enamorada de Theophile Gautier con el folletín Juan Moreira, de Enrique de Ofterdingen de Novalis con el Hormiga Negra. Y ese cruce refuta la teoría de Borges sobre la tradición: no todo el universo es patrimonio cultural de la literatura argentina, vean de lo contrario qué pasa en El sueño del señor juez. Se impone la "barbarie", la "civilización" de la alta literatura europea queda aplastada por la violencia de la brutalidad. A la manera de una estructura en abismo (el todo en la parte), Gamerro inscribe esta poética en uno de los mejores momentos de la novela: cuando Pedernera sueña con París.
Jorge Dubatti El Cronista, 17 de julio de 2000 (versión completa).

Pesadillas del desierto


Un libro de rara intensidad.
"Levantar un rancho no es echar raíces, joven amigo. estamos unidos al lugar apenas tenuemente, como los panaderos al tallo de un cardo, y el primer viento que pase nos desparrama volando por toda la llanura." Con precisión y poesía, uno de los personajes de la segunda novela de Carlos Gamerro describe la condición precaria de la vida de lo hombres de la pampa en el siglo diecinueve. No es extraño, entonces, que el hombre que supo pisar más fuerte en un confín de esas tierras pretenda fundar un pueblo que lleve su nombre. Urbano Pedernera, un ex comandante déspota devenido juez de paz, famoso por su crueldad hacia los indios en el plan de recuperación de tierras encomendado por el gobierno, anhela que la posteridad lo recuerde en el bronce. Pero un día, el recientemente nombrado primer juez de paz de Malihuel se despierta atribulado por sueños que cree tan verdaderos como la realidad.
Dividida en tres, la primera parte de la novela narra los atropellos del protagonista contra quienes invaden sus pesadillas. Embriagado por su propio delirio y convencido de que no existe entre ellas y la realidad escisión alguna, Urbano Pedernera somete a los habitantes a los más despiadados castigos, según la gravedad de la falta que cometen durante sus desvaríos oníricos. Primero con estupor e incredulidad, y luego con la resignación de saberse definitivamente dominados pro los caprichos de la autoridad, los pobladores aceptan ese estado de las cosas, mientras aguardan que la mujer amancebada con el juez les comunique cada día quiénes resultaron involucrados. Todos se resignan a su suerte, menos un gaucho liero, curtido en los vientos del despojo.
Tras sufrir la humillación y mascullando la revancha, Rosendo Villalba abandona el poblado, a su mujer y a sus hijos. No es el primero, antes que él varios decidieron dejar atrás el feudo de don Urbano y éste, ante el temor de que el futuro pueblo se le quedara sin habitantes, lanzó un bando en el que exigía su autorización para salir. Rebelde por naturaleza, Rosendo desdeña la orden.
Pero el rumbo que va a tomar Rosendo es tan incierto como el de la novela. Si en la primera parte hay un cruce de registros entre una suerte de realismo mágico local y deslavado, que no tiene nada de festivo y sí mucho de amargura, y una crítica social de las deficientes condiciones de vida de los gauchos, azotados por levas, malones y guerras civiles, la segunda cede terreno al relato de una situación de miseria que, de tan abrumadora, se vuelve fantástica.
El primer encuentro del gaucho se produce no con los indios, sino con los despojos de un fortín, cuatro soldados a los que el hambre y la soledad convirtieron en personajes alucinados y cuya existencia depende de la concreción de una idea tan disparatada como el entusiasmo de sus ejecutores. Resulta curioso, pero es en la exhibición de los dislates de la historia nacional donde la novela de Gamerro empieza a ganar consistencia. Un proyecto disparatado – como lo fue el de la zanja de Alsina para detener a los indios – aparece como el producto propio de la fantasía novelesca antes que de la planificación gubernamental de un país. El rescate que la ficción hace de ese momento histórico es mucho más impactante que las escenas originadas en los sueños del juez; sobre todo cuando el absurdo se pone de manifiesto en la hipótesis que plantea el personaje que toma la palabra. "Mi mayor angustia -–le dice a Rosendo – es haber hecho mal los cálculos y estar cavando en la dirección equivocada, basta un desvío de una milésima de grado para que al cabo de cinco leguas mi zanja y la del fortín vecino puedan pasarse de largo sin verse siquiera a la distancia los hombres que las cavan."
El encuentro con los indios dará lugar a una nueva decepción. Sin jefe, comitiva ni organización comunitaria alguna, consumidos por el hambre y asimilados a una tierra que padece una interminable sequía, los aborígenes han retrocedido de su condición humana a un estado animal en el que se arrastran exánimes. Con poca convicción siguen las órdenes de la mujer del jefe, una cautiva ilustrada, ex actriz, acompañada por Carmen, el barragán, un indio maricón y hablador. Inspirado por las piezas teatrales que la mujer le va contando, Rosendo descubre la forma de la venganza.
La tercer parte vuelve a colocar al juez en el centro de la escena como protagonista de un carnaval enloquecido. En escenas que evocan el relato "El caos" de Juan Rodolfo Wilcock, el magistrado se convierte en el rey de la fiesta y también del escarnio, entronizado por el pueblo del que ahora se transforma en víctima. La nueva imagen del magistrado, que todos celebran, será la que la posteridad honre cuando se transforme en estatua ecuestre y presida la plaza principal del pueblo.
Menos que el desarrollo de una buena historia, el libro del autor de
Las Islas se propone la construcción de una sucesión de escenas que tienen una gran intensidad dramática. Para ello se vale de un espacio – el de la pampa, el desierto – donde todas las inversiones son posibles: la realidad vale menos que los sueños; el juez es el paladín de la arbitrariedad, Rosendo Villalba es una versión modificada de Martín Fierro, y una cautiva de gran cultura actúa como jefa de la indiada, la zanja de Alsina es la imagen invertida de la Muralla China, los fantoches de ayer son los próceres de hoy. Es que de todas las operaciones de distorsión que actúan sobre los sueños, la de inversión aparece como predominante. Al igual que lo que ocurre con el carnaval, el teatro del absurdo y cierta rama de la ficción, aquí la representación no admite ser concebida de otro modo más que como lo otro de la realidad, no su opuesto, sino su complemento necesario. Los célebres versos de Góngora, "El sueño, autor de representaciones / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello", son algo más que una referencia dentro del texto, tienen la eficacia de una idea rectora que da cohesión a toda la novela y que deja traslucir, detrás de su apariencia de narración gauchesca, su homenaje a la tradición literaria.
Jorgelina Nuñez Diario Clarín, 8 de octubre de 2000 (versión completa)